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domingo, 1 de octubre de 2017

FLORES



Fotografía de Mercedes Araujo.



































I

A Juan Gelman

Al rojo vivo, como el clavel prendido del ladrillo,
la poca pretensión de sus raíces en el viento,
brotes tiernos del cielo la tardecita de los sábados
asidos a un murmullo de luz dicho al oído:
ajenas no le son las finas hebras del aire al aire,
esa música lejana, así era ella, de sí misma tan ausente,
igual que una flor tardía entre las hojas
del libro en que descifro el nombre de tu nombre. 


Alberto Szpunberg, Como clavel del aire, en Como sólo la muerte es pasajera, Entropía, 2013.









El aguaribay florecido

Muchachas de ojos de flores y de labios de flores.
En la sombra exhalada—¿de qué su dulce hálito?—
los vestidos ligeros, muy ligeros, con pintas.

Arde de abejas el aguaribay, arde.

Ríen los ojos, los labios, hacia las islas azules
a través de la cortina
de los racimos
pálidos.

Ríen los ojos, los labios. ¿Veis las muchachas o es
la tenue sombra ebria
y bordoneada
que se alucina de muselinas claras
y de otras flores vivas—extrañas flores vivas—
riendo, riendo, riendo hacia las islas?

Muchachas de ojos de flores y de labios de flores.

Arde de abejas el aguaribay, arde.



Juan L. Ortiz, La mano infinita, 1951.









Cuando mi padre comía flores

La visita del alma fue entre dos pinos,
rendidos de tormentas y calandrias...
Yo supe colgar allí un pizarrón
donde escribía haikus al modo de Matsuo Basho
pero el rocío de las noches insistía en desteñirlos
o corregirlos, que es casi lo mismo,
y la noche en que madre olvidó descolgar el pizarrón
llovió más que nunca esa noche;
el mejor de los versos se perdió entre las agujas de los árboles
y a la mañana padre miraba con sonrisa en sus ojos
y le daba al martillo enderazando fierros
que después serían antenas de TV o cabreadas.
Pero eso fue antes de que empezara a comer flores.
Para cuando empezó a comer flores
elegía la más sabrosa de los gladiolos,
y como quien no quiere al pasar robaba un pétalo;
las rosas, decía, son todo un bocatto di cardinale,
aunque las preferidas eran las más humildes,
el jazmín del cielo, la flor del trébol.
Eso fue antes del cáncer y los intestinos revueltos
cuando se complacía en cambiar,
desterrar o regalar los mejores helechos
creando odios interminables entre suegras y nueras
a causa de un culantrillo y algunas margaritas
comidas como lechuga en ensalada.
Ahora me visita, con una blusa azul de ferroviario del ’50,
con su gastado pantalón de sarga y una varita de hinojo en la mano.
Se sienta en el viejo banco bajo los pinos,
se rasca la cabeza y me pregunta qué,
el Chicho me pregunta con el gesto qué hice con la vida:
no la dejes a tu madre, me dice,
acordate de cambiarle el aceite a la cupé.
Distraídamente deja caer una mano de costado
arranca una florcita blanca y la mira atento,
estudia la corola cuatro pétalos el estambre rubio,
y la lleva a su boca, la mastica despacito.
En sus ojos pasan las nubes que pasan,
brillan como relojes andando para atrás.
El alma de mi padre sonríe por algo que no entiendo.
Todavía no entiendo. Sólo lo veo a él,
comiendo flores como en sus mejores días.


Juan Meneguín, Cuando mi padre comía flores y otros poemas, Ediciones Río de los Pájaros, 2012. Vía Julieta Lopérgolo.









La rosa que digo es la rosa que callo

¿quiero decir la vida
cuando digo con mi aliento
el aliento de las cosas?

¿el mundo que nombro es todo cosa
y es su temblor de no ser en los charcos
y es
también
la rosa?

¿esa rosa digo?

¿que se ha vestido en el éxtasis?
¿que se une y se desmiembra para el goce total de la muerte
con las lenguas del sol rozándole
con las manos del aire esparciendo sus pétalos
con el zumbido de los insectos que muerden
su tallo?

¿por qué rosa
esta rosa que es mundo?

¿por qué orgiástica?

¿porque se da a la lluvia
y al aire
y más y más se abre
como un infinito ávido de sí?

¿porque se desflora de sí misma
y se hace otra
y nunca cambia?

¿porque es la pena y sus patas quebradas
porque es la alegría y su boca cantarina?

pero qué rosa digo
¿ésta que callo?

no esa hecha de sépalos
y de estambres y pistilos

ni de la rosa es la rosa
ni el escaramujo
no la floribunda
no la eglanteria
ni la damascena en flor

¿o hablo de esa rosa y confundo
su carne
asediada
con la mía?

¿digo la rosa total
de lo que en sí existe
y se sabe y no?

¿todos los ruidos donde la vida se es
un colmenar junto con el oso
y su pelambre enmielada y su garra
y su hocico              
llenos de miel y de abejas muertas?

¿y las vidas humanas que nunca untarán una tostada?

¿sí?
¿esa rosa digo?

¿quiero decir la vida
en toda cosa?

¿esa flor
inhumana?

¿cada latido
cada vibración
una infinita melodía que canto
que cantamos
y nos dice
y se dice?



¿la rosa que digo es la que callo en esa orgía de existir y ser una sola?


Jotaele Andrade, La rosa orgiástica, Añosluz, 2016.








9

Apenas vino el primer calor, los frutales
antes secos, se rodearon de un halo
verde que ahora es flor
blanca. Sin  preguntas
y cuando corresponde, cada árbol
hace lo que mejor sabe.


Macky Corbalán, El acuerdo, La mondonga dark, 2012.







anunciación

clase práctica de botánica
la ramita que crece en la lata de tomate
especies autóctonas

en realidad son cuatro latas con sus cuatro
germinaciones

todas de hojas bipinadas
folíolos múltiples
seis a veintiocho centímetros
desplegadas de día
por la noche cerradas como párpados

follaje azulino
barba de chivo
maldiojo



el ejemplar originario está en una vereda
abandonado
entre arbustos siempreverdes
tamariscos

hay que buscarlo
con el delicado
tacto
del ojo

yo misma voy contando los pasos
hasta verlo aparecer
tras de la loma

su floración de reina



primera vez de una flor
no la olvido:

agrupadas en racimos piramidales
amarillas limón
cinco sépalos alrededor del cáliz
cinco pétalos libres
diez estambres declinados
larguísimos                                                                     
rojos
          rojo rojo

y la gota de polen



novia nocturna de la polilla esfinge
a plena luz del día
del abejorro



¿qué flor es esa? –decía



al amanecer

          hora en que las cosas del mundo
          se alumbran de una en una
          como lámparas
          resplandecen
          de una en una
          como milagros

volví a visitarla



la conversación asimétrica
entre mi clasificación
de linneo
y su boca
llamadora de pájaros



es difícil conseguirla en viveros
una belleza demasiado natural
resistente a las sequías
los suelos pobres



la chica del jardín pillahuinco
me dijo
cómo hacerlo



hace dos navidades dejé bolsitas
de tul verde
alrededor de los frutos

pequeñas redes para atrapar semillas

el momento exacto en que la chaucha se abre
suelta su dádiva:

moneditas livianas
brillantes como caramelos mediahora
nueve o diez milímetros



pasaba algunos días a mirarlo
el tul como un adorno

tal vez
alguien pensó en la costumbre
del árbol de diciembre



la espera era la misma
cuando no estaba allí presente

          todo queda temblando
          a punto de caer
          de deshacerse

el árbol con los tules
haciendo sus semillas                  
y mi pequeña trampa

identificar
poner un orden
cerrar la mano



los últimos días de enero
juntamos las bolsitas

estallaban
las chauchas doradas
con ruido de maderas
saltaban en el aire
las semillas
brasas

(no lo invento yo
sucedía)



daban ganas de llevarlas a la boca

el secreto de la flor extraña y dulce
las cintas rojas que atan el cielo
nos protegen



empezaba a llover

amarillo como las flores
un perro
bajo el agua
vigilaba mi ronda

desanudar el tul
esconder algo

era el único vecino atento
al peligro de mi mano



menos
en nuestra atención minuciosa confiamos
que en la ligera distracción de la naturaleza

puse la semilla entre algodones
la alimenté con agua limpia



del germinador a la tierra
dos cotiledones anuncian que está viva



ahora
son cuatro latas
con sus cuatro germinaciones

el follaje azul y el movimiento
de abrir y cerrar
folíolos

se fortalece el tallo alimentado
de mis amores

pero no es tiempo
todavía
de trasplantarlas
a la intensa agitación del patio



mecidas
en la vida artificial
bostezan
cubriéndose la boca



puede llevar años
la encarnación de una flor
su vestido



Laura Forchetti, Libro de horas, Bajo la luna, 2017.









Suelta
pero sucede que la flor no cae.
Un látigo unido a su tallo desprende las gotas de amor en pedazos de hielo
sobre una blanquísima nube de paso que intenta decirle que no lloverá,
que ya no hay mundo, niño (nunca dejarás de ser un niño).
Tu mano carmesí clavel descuartizado y mi manzana rubia en un finísimo 
silencio. No te muevas por favor que hay un gusano triste en tu cabello.
Me das tu mano y tu cabeza.
Envuelvo todo. Huele bien.
Hubiera sido hermoso atravesar la noche y resistir. 
Dejar los ojos hacia atrás la carne húmeda de amor y no pensar en lo que está.
Mis dedos el clavel gusano triste. 
Es el verano atado a un latigazo.
¿Qué haremos con el mundo con la carne con las flores?
Con esta flor amante de los látigos el sol del mediodía 
y de la muerte

Silvia Rodríguez Ares, inédito.








1


Seguimos en el jardín como si no hiciera frío.
Date cuenta: tenemos las manos inmóviles.
¿Cómo es posible que ningún insecto
haya devorado los pétalos rojos?
Qué les mitigó el hambre posterior a la lluvia.
Hay hombres y mujeres que siguen
de cerca a las hormigas y aun así
no pueden impedir una catástrofe.
Qué espíritu protege lo que cae.
Hace años que estamos aquí.
Hace años que estamos de rodillas
de frente a la belleza.
La rosa quebrada que miramos
no puede estar durando tanto.

Valeria Pariso, inédito.















































jueves, 29 de diciembre de 2016

LLUVIAS

















Lluvia

Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios abandonados. Otras veces cae con furia, y uno piensa en los maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños nombres.
De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.
Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban:
No habían despertado todavía al amor.
No sabían nada de nosotros.
De nuestro secreto.
Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura de nuestra fatiga.
Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos visto juntos, tantos gestos que hemos entrevisto o sospechado, los ademanes y las palabras de ellos, todo, todo ha desaparecido y estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección.
Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
Te quiero con toda la furia de la lluvia.
Te quiero con todos los violines de la lluvia.
Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada. Recién estamos descubriendo los puentes y las casas, las ventanas y las luces, los barcos y los horizontes.
Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana, increíble, pero, tan real, numerosa, pero tan mía.
Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
Oh, visitante.
Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el destino único.
Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.
Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea del otoño.
Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa, que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto, cuando tú y yo seamos sombras, y todavía estemos pegados, juntos, subiendo siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.
Oh, visitante.
Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.
Estoy tocado de tu destino.
Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta, ya al caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los muros, ya al reflejar sobre el asfalto las súbitas, las fugitivas luces rojas de los automóviles, ya al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de nuestra esperanza, los humildes barrios de los trabajadores.
La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Oh, íntima, recóndita alegría.
Estoy tocado de tu destino.
Oh, lluvia. Oh, generosa.

Raúl González Tuñón




Lluvia

hoy llueve mucho, mucho,
y pareciera que están lavando el mundo
mi vecino de al lado mira la lluvia
y piensa escribir una carta de amor/
una carta a la mujer que vive con él
y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él
y se parece a su sombra/
mi vecino nunca le dice palabras de amor a la
mujer/
entra a la casa por la ventana y no por la puerta/
por una puerta se entra a muchos sitios/
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo/ pero no al mundo/
ni a una mujer/ni al alma/
es decir/a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así/
como hoy/que llueve mucho/
y me cuesta escribir la palabra amor/
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa/
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran/
y cuándo/y cómo/
pero el alma qué puede explicar/
por eso mi vecino tiene tormentas en la boca/
palabras que naufragan/
palabras que no saben que hay sol porque nacen y
mueren la misma noche en que amó/
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca
escribirá/
como el silencio que hay entre dos rosas/
o como yo/que escribo palabras para volver
a mi vecino que mira la lluvia/
a la lluvia/
a mi corazón desterrado/

Juan Gelman






Caía una lluvia finísima

Caía una lluvia finísima, que no mojaba, casi. Atamos las muñecas en las ramas, como castigo, las que se habían portado mal. Con un rumor de animalillos se levantaban los hongos de cabeza parda, semejantes a osos; en pocos minutos quedaron más altos que nosotras. Y algo más subía de la tierra, rotas copas, candeleros, de antiguos festivales, que presuponíamos, vagamente.
Y la luna celeste, color limón, andaba con la lluvia. Hasta que vino mamá y la tocó. Y cortaba pimpollos, desató las muñecas; yendo hacia la casa dio un breve grito. Acudimos, puntuales. Y desaparecimos, en su falda, en su vientre.
Y todo quedó en paz.

Marosa di Giorgio






V

Ésta y no otra es la alegría: llueve sobre el mar, sobre la arena, sobre nosotros llueve,
afortunados como niños pese a ser tanta la fragilidad de lo que crece:
sí, llueve sobre el mundo y también en el patio, sobre las baldosas rojas llueve,
y llueve en una isla donde el malecón de roca y piedra aún resiste,
incluso ante el embate de sus propios salvadores:
los condenados a muerte –amigos y enemigos– intercambian miradas bajo la lluvia
y el silencio llueve como ascuas que aún crepitan en los chispazos de la noche:
vuelve a iluminarte, corazón, entrégate a la danza del mar en otros brazos,
aunque la orilla y el horizonte, distantes hasta la indiferencia,
hoy sólo acoten un tajo de huellas sobre el agua.

Alberto Szpunberg






Tras la lluvia el agua corre...

Tras la lluvia el agua corre enloquecida.
Es una trenza cristalina que arrastra,
pegada al cordón, a una espontánea caravana;
ahí va el vasito de café, lo siguen una ramita,
un corcho, una cucharita de plástico y una caja
de fósforos. Van despreocupados, tambaleantes,
hacia la oscura bocacalle; sólo van, es el destino;
van sin propósito, van porque sí. No son
románticos como Shelley, que muere joven,
deslumbrante, bajo una tormenta en alta mar;
son, apenas (como nosotros), lengua cansada,
yerma, de una civilización en retirada. 

César Bandin Ron




Lugar lluvia

Cuando llueve, dicen que la lluvia acaricia el pelaje del mundo,
que el mundo es como un gato que ronronea, como un perro mojado
que ha perdido el olfato pero deambula feliz porque sin dueño.

Cuando llueve, dice que la lluvia es caricia,
pero la lluvia destroza los tejados. En Mar del Plata
la lluvia destroza los tejados.

La lluvia es "el lugar en que se juntan
la pasión y la metafísica": para ganarse la vida a palabras
y la muerte, con silencio. Hay que aguantar la estación de la lluvia.

Fabián O. Iriarte






Las mujeres y la lluvia

cuando niñas vamos sueltas por el patio
y el sol nos persigue de a caballo
pero la luna implacable nos va dejando sus mareas
hasta que nos desvela
y esa noche encontramos
un cántaro 
en lugar de la cintura 

aprendices de machi las mujeres
nacemos así al rocío
listas para mirar los barcos que se pierden
descalzas a la neblina antes de que amanezca
nervaduras de lluvia nuestras manos
levantadas al cielo

te salpicará el amor
parirás sin amarras
y recibirás con ojos arrasados
la visita intermitente de la risa
permanecerá la llovizna en tu vientre
porque no te atreverás a ser la madre
de todos los desamparos
que andan por la calle

caudal desubicado te desarmará
en pájaros que no saben hablar
a borbotones no podrás decir 
lo que quisieras
mejor dejarlo que se derrame despacio
decir 
permiso tengo lluvia y alejarse
a una altura al mar al cielo
hasta que vuelvan a apretarse los musgos
en las profundidades

yo conozco mujeres que nunca se alejan
le abren la compuerta a sus gorriones
y lloran
enjuagan el trapo mojado lo estrujan
limpian con él la tabla y lloran
pican cebollas y más lloran
igual hacen las camas
barren la casa peinan a los chicos
igual lavan
dónde aprendieron

hay otras que se pasan la vida domesticando
a sus pájaros
porque no quieren que irrumpan sin aviso
y los beba el enemigo
guardan su sangre su ausencia quietos en el fondo 
y apuntan con palabras nítidas de cuarzo
que van a dar al blanco

yo a las palabras las pienso
y las rescato del moho que me enturbia
cada vez puedo salvar menos
y las protejo
son la leña prendida de atahualpa
que quisiera entregar a esas mujeres
las derramadas las que atajan sus pájaros
a cambio de un abrazo

una vez en febrero yo estaba ahí
en el campo
y se llovía todo
parecía la furia de cai cai sobre nosotros
el agua estaba helada 
las ancianas prosiguieron el ritual
y tuve que quedarme
hasta cuándo aguantaremos
pará la lluvia dios es demasiada
no la bebe la tierra se atraganta
y somos casi nada
trazos de tiza borrados por el agua

después de unos siglos el sol abrió las nubes
la voz gastada de meridiana epulef
levantó el taill del cauelo

pensé que dios podía ser ese arco iris
o los caballos en fila 
moro zaino pangaré tostado bayo 
saludando al horizonte despejado

huele tan bien la tierra después del aguacero 

Liliana Ancalao




Derrotado por ver la ausencia en la lluvia

La última vez no supo llover.
Todo andaría detrás
pero el pasado reniega de esas gotas.
Queda algo de viento en el ropero.
Queda aún la mano que supo escribir la carta
para después nombrarte.
Nadie va a desvelarse por la ausencia,
a nadie se le escapa un verso ante la lluvia.

El derrotado escribe con la fuerza del agua.

Martín Carlomagno






1-

Podría decir lluvia y que llover sólo fuera eso
una tupida línea de agua
cayendo irregular sobre las cosas
afilando la gubia con que Dios talla las formas
la bífida espina de la noche
su violentada geografía
la tierra anegada pulsando sus terrones
escarbar bajo el tendón del tiempo
desde el jardín entre la escarcha
alinear una a una sobre el hielo las palabras
las letras con las que vengo a nombrarte
el nombre con el que voy a arrojarte
pedazos de aguacero contra el cuerpo.

Sandra Pasquini




Marzo

                                              A Juan Gelman
                                                                    A Daniel Freidenberg

I

ruido en el arranque: polvo/ del embrague sobre el
béndix. afuera, reales, húmedos, bajo el intenso
desde el cielo, caer del agua: rostros, y en el cauce
sobre vidrio, en el lento detenerse del caer, gotas y
esos mismos rostros, espesos, en un pesado des-
hacerse, como quien da, como quien tiende, tem-
blando, al morir. en el frío del agua arden, prome-
tiendo el fuego, la memoria, a la postrera, a la que
los llevare, no dejar, sino, como pétalos arrastra-
dos, hacia el final del curso, polvo y agua sólo
ser, mas agua y polvo enamorados 



II

afuera, bajo el intenso caer desde el cielo: agua y
temblando en el aire, rostros sobre el frío, que dan
ardiendo, al cauce, al polvo, como pétalos arrastra-
dos, bajo lluvia, sin dejar a la postrera, a la que los
llevare, el fuego, la memoria



III

arrasados como pétalos, rostros que tiem-
blan, en el intenso caer desde el cielo: al río
tienden, dan: no polvo, sino agua enamorada




IV 

rostros arrasados como pé-
talos arden, en el frío, y tiem-
blan, en el intenso caer hacia
el cauce: ¿en el cielo?, ¿en el
río?,¿ desde el cielo, en el aire
hacia el río: rostros? rostros:
así en el cielo como en el agua




V

rostros y agua en el aire: cielo.
¿cielo: rostros y agua en el
aire? rostros y agua en el aire:
cielo. ¿y río? rostros y agua en el
aire, sobre el agua del cauce. ¿ros-
tros y agua en el aire, sobre el cau-
ce del agua: río?. río: rostros y
agua en el aire, sobre el cauce. y
rostros y agua en el aire: cielo



VI

cielo en el agua y
tiembla por
rostros




VII

así en el cielo como en el agua: rostros:
rostros no “como” sino pétalos arrasados
en el aire hacia el cauce, ardiendo en el
frío, temblando en el intenso caer, des-
haciéndose, sin dejar a la postrera la me-
moria: fuego sobre agua enamorada



VIII

ahora rostros, pétalos arrasados, cielo, in-
tenso caer, río, temblor, fuego en el agua




IX 

ros-tros a-rra-sa-dos en el cie-lo: pé-
ta-los a-rra-sa-dos en el ai-re: fue-
go tem-blan-do en el frí-o: ar-de
el a-gua e-na-mo-ra-da



se diría hubo rostros en el cielo. al parecer
habrían sido arrasados como pétalos y dado
en intensa caída, temblando, al cauce. se
presume a la postrera el fuego, la memoria no
dejaron. diversas fuentes señalan ardieron en el
frío. varios muestreos indicarían agua enamorada


XI

se diría? al parecer? habrían? se presume?:
hubo rostros, pétalos, arrasados, así en el cielo
como en el agua, y dieron, temblando, en intensa
caída, al cauce, sin dejar a la postrera el fuego.
en la memoria arden. el río/ es de agua enamorada

Ignacio Uranga








miércoles, 28 de diciembre de 2016

PIEDRAS





















La piedra del río

Donde el río se remansaba para los muchachos
se elevaba una piedra.
No le viste ninguna otra forma:
sólo era piedra grande y anodina.

Cuando salíamos del agua turbia
trepábamos en ella como lagartija. Sucedía entonces
algo extraño:
el barro seco en nuestra piel
acercaba todo nuestro cuerpo al paisaje:
el paisaje era de barro.

En ese momento
la piedra no era impermeable ni dura:
era el lomo de una gran madre
que acechaba camarones en el río. Ay, poeta,
otra vez la tentación
de una inútil metáfora. La piedra
era piedra
y así se bastaba. No era madre. Y sé que ahora
asume su responsabilidad: nos guarda
en su impenetrable intimidad.

Mi madre, en cambio, ha muerto
y está desatendida de nosotros.

José Watanabe, La piedra alada, Buenos Aires, Bajo la luna.






I

De endurecer la tierra
se encargaron las piedras:
pronto
tuvieron alas:
las piedras
que volaron:
las que sobrevivieron
subieron
el relámpago,
dieron un grito en la noche,
un signo de agua,
una espada violeta,
un meteoro.

El cielo
suculento
no sólo tuvo nubes,
no sólo espacio con olor a oxígeno,
sino una piedra terrestre
aquí y allá, brillando,
convertida en paloma,
convertida en campana,
en magnitud, en viento
penetrante:
en fosfórica flecha, en sal del cielo.

Pablo Neruda, Las piedras del cielo, Buenos Aires, Losada, 1970.






Las piedras

Esta mañana bajé 
a las piedras, ¡oh las piedras! 
Y motivé y troquelé 
un pugilato de piedras. 
Madre nuestra, si mis pasos 
en el mundo hacen dolor, 
es que son los fogonazos 
de un absurdo amanecer. 
Las piedras no ofenden; nada 
codician. Tan sólo piden 
amor a todos, y piden 
amor aun a la Nada. 
Y si algunas de ellas se 
van cabizbajas, o van 
avergonzadas, es que 
algo de humano harán... 
Mas, no falta quien a alguna 
por puro gusto golpee. 
Tal, blanca piedra es la luna 
que voló de un puntapié... 
Madre nuestra, esta mañana 
me he corrido con las hiedras, 
al ver la azul caravana 
de las piedras, 
de las piedras, 
de las piedras...

César Vallejo, 1918.





Piedra

Lo que dice la piedra
sólo la noche puede descifrarlo

Nos mira con su cuerpo todo de ojos
Con su inmovilidad nos desafía
Sabe implacablemente ser permanencia

Ella es el mundo que otros desgarramos

José Emilio Pacheco





En mitad del camino había una piedra...

En mitad del camino había una piedra
había una piedra en la mitad del camino
había una piedra
en la mitad del camino había una piedra.

Nunca olvidaré la ocasión
nunca tanto tiempo como mis ojos cansados permanezcan abiertos.

Nunca olvidaré que en la mitad del camino
había una piedra
había una piedra en la mitad del camino
en la mitad del camino había una piedra.

Carlos Drummond de Andrade, 1928, versión de Rafael Díaz Borbón. 






El cabalista andante descifra la piedra de la locura

A veces, incluso en medio de una mirada, tropiezo de
golpe con la palabra piedra y me desvío dos sílabas del
camino: la erre es pétrea, y si no fuese por la tibieza de
la mano que escribe suave musgo, oh, suave musgo
entre las gritas de la piedras, el desconcierto del
corazón sería suficiente como para perderme en la
locura: entonces me inclino y cierro los ojos y aun algo
de piedad siempre se encuentra entre las sílabas más
duras, y es más lapidaria la escondida mano que escribe
la palabra piedra que el que la arroja, especialmente si
lo hace al centro infinito del agua, para que las ondas se
extiendan y desborde de una vez por todas la fuente
de las lágrimas.

Alberto Szpunberg, La academia de Piatock, Alción, Córdoba, 2011.






La piedra

Yo soy el que arroja la piedra,
el que le da su ímpetu y dirección,
el que aporta el músculo y la libertad.

Ella es la que cruza el aire
y se clava lejos, donde no se oye
mi voz ni el eco de su partida.

De este lado sólo queda el peso
de una llama que abriga con leves
parpadeos. Del otro lado

está el misterio de la tierra nueva,
los círculos cada vez más anchos
de la nueva edificación.

Pero de eso nada sé: allá no pueden
mis ojos ni mi oído alcanza
a entender su voz. Sólo he visto

que la piedra partió; clavada está
en alguna parte, adonde no llega
mi voluntad, ni la imaginación. 

Rafael Felipe Oteriño, El invierno lúcido, El imaginero, Buenos Aires, 1987.






Tan huesolita que te ibas

tan envidiada de qué sombras la tierra ardía huesolita
la siesta ardía melodiosa tan como ibas tu sonrisa era
una piedra arrobadora y era otra piedra mi costilla
dulcequeamarga solasola cuajada de alta pedrería eran
tus voces tan palomas eran tus manos piedras finas
guitarra tan azuladiosa eras la piedra que acaricia pie-
dra te ibas quién te roba última brisa de la brisa o
flauta mía o leja y rota tan huesolita que te ibas tan
de la gracia mucha y poca si cuando vuelvas ves mis
días oh piedra llena llaga
hermosa!

Juan Carlos Bustriazo Ortiz, Elegías de la piedra que canta (1969), El suri porfiado, Buenos Aires, 2007.







Trasmutación

La piedra tiene memoria
de su estado anterior a roca.
El guano de los pájaros le recuerda
su esencia migratoria.
Muda busca,
honda que la remonte,
hombre que empuñe la honda,

dios, que trace el arco.

Gisela Galimi, Memoria de la piedra, Textos Intrusos, Buenos Aires, 2015.







Lo que las piedras dicen
  

Tanto a mi hijo como a mí
nos gustan mucho las piedras
también a mi padre
sospechamos que guardan algo 
en su memoria 
y que han visto lo posible 
desde la inmovilidad
y podrían contar 
atractivas aventuras
Nadie nos dijo que así fuera
es un augurio genético
y lo vamos transmitiendo
cópula mediante
de generación en generación
Cuando mi hermano 
venga a visitarnos
sé que saldrá a juntar piedras
y dirá ¿viste esta? ¿y esta?
y traerá las que supone 
fueron árboles o raíces
o querrá encontrar incrustado
el resto fósil de un pez 
o de un escarabajo 
y se las llevará a su casa
más allá del peso y del color
o de que antes hayan sido 
pez, vegetal o escarabajo
y por las noches
esperará en silencio
como los demás
que ellas le hablen.

Fernando Belottini, inédito.