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martes, 13 de noviembre de 2018

PIEDRAS III






















Empedrado


                       en esa orilla el silencio
                                  te abarranca

                                  Martín Pucheta 



Antes que las cosas pierdan su eje
hay que dejarse ir,
no hacer pie.
Frente a lo imposible
hoy el río me devuelve un espejo, 
sólo deforma.

Cuando volvimos temprano 
del paseo familiar, 
lo que debió ser dicha
quedó en silencio.
Mi ingenuidad quebró los rostros
con una pregunta.
Insistía,
la soltaba.

Mi primo no regresó con nosotros.
Yo no vi sus brazadas en el agua
no escuché los gritos.
Estaba dormida
junto al balde, la pala
y el castillo de arena.
El final del barullo
cerró también
mi sueño. 
No recuerdo una resonancia
vuelta tan densa.

Antes de subir al coche
recogí una piedra
que me había encantado.
La escondí entre el pecho
y mi mallita rosa.
Ese amuleto tenía un filo
que no supe advertir
hasta el corte.
Dejó una muesca en mi carne,
la acaricio. 

Este cauce
abrió una herida 
sin cuerpo.
Abarrancarse 
es un miedo que se propaga.


Marina Coronel, inédito, noviembre de 2018.








Piedras

Piedras de la orilla del lago
pequeñas redondeadas
de colores intensos prestados por la lluvia
gajos de rocas partidas por el frío
la nieve el viento
o un lejano tiempo de volcanes

las atesoro como entes viejísimos
que podrían contarme cierta historia
han sido montaña

el modo más simple de justificar la posesión
es decir que me atraen las formas
mas no hay cualidad más incierta

podría hablar de tonalidades
pero es la humedad
la del milagro

estas son piedras sencillas
nunca formarán parte de un túmulo
o serán colocadas en la boca de un muerto
a fin de preservar el cuerpo
ni trituradas para pintar en cuevas
y aleros de montañas

no sé nada de artes primarias
pero algo me liga a los guijarros

lo vivo
lo aparentemente inanimado
unidos por un hilo

bajo el cielo de plomo
la bruma es un incendio azul sobre el agua

del mismo material vaporoso
son las hebras del hilo
la saciedad indefinible
que trasvasan

siento el peso de las piedras
trozos de eternidad en las manos
lisura imperfecta textura granulosa
no hay eternidad uniforme
hay las vetas
el moteado de los distintos materiales
y una relación dispar entre nosotras
su mera existencia proclama
mi extrema finitud

qué puedo darles
más que dilación a su destino de arena
algo tan lejano en el tiempo
que el acto de llevarlas carece de importancia


Mónica Ortelli, Escribir sobre flamencos, HD Ediciones / Vacasagrada Ediciones, 2017.








Y si no es una piedra preciosa…

Y si no es una piedra preciosa
sino simple arenilla
guardada a un costado
del tintero. Y si no es arenilla
ni zafiro eso que sale de mí, con pinzas,
como quien quita una piedra, airecito,
puro airecito guardado
para no respirar,
sangre y arena
en mi centro exacto,
late, molesta,
astilla de qué,
más tangible que lo que no se olvida
o se tiene.
Y si es dicha lo que he guardado,
el aire que no pudo salir
duele
en el sitio
del esternón, si es dicha pura
encerrada
oh pedazo de mí, oh mitad apartada de mí,
si es eso lo que se quita, por fin
para que ría,
qué alivio tendrá la dicha afuera,
qué fácil oler los tilos,
descostillarse, dejar
secar la tinta.


Lo resaltado pertenece a Chico Buarque de Holanda.

Irene Gruss, La dicha, Bajo la luna, 2004.







Piedras


Cuarenta grados a la sombra.
La pileta es un hormiguero
nos apiñamos en el agua
no importa si no podemos nadar.
Nadie toma sol.
Estamos aletargados, sumisos
en la humedad compartida.
De golpe el cielo se pone negro
suena fuerte el silbato del bañero
pide que salgamos.
Nos manda a las casas sin demora.
Si empiezan los rayos es peligroso.
Apuramos el regreso a través de la montaña.
Un viento inesperado arma nubes de greda
pequeños remolinos nos envuelven
entrecerramos los ojos.
Las primeras gotas levantan un humito
en la tierra agrietada.
Los truenos retumban
todo tirita alrededor.
Vamos juntas, sin hablar, con miedo.
Las ojotas se traban en el pedregullo
las toallas nos tapan pero no alcanza
bajamos la última barranca casi corriendo.
Llegamos a la ruta y estalla
un ruido de espejos rotos.
Piedras de hielo
grandes como nueces
se estrellan contra el pavimento.
Hojas, ramas, frutos caen.
Las piedras nos golpean
duelen en la cabeza
los brazos, los pies.
La abuela salió a la calle
sonríe al vernos
entramos bajo su brazo.
Nos quedamos a resguardo
en la galería techada.
El suelo está lleno de huevos de hielo
temblamos un poco
la temperatura bajó bastante.
Pienso en los pájaros
me siento como un gorrión desorientado
que logró volver al nido
pero no lo reconoce.
Las plantas no pueden escapar
sufren calladas.
Veo los rosales desgajados.
El alelí quebrado.
La rosa roja que se abrió a la mañana
está desperdigada en la tierra
los pétalos separados y partidos
desangrados sobre el cantero.
Todo se detiene de pronto
y como si nada hubiera sucedido
las nubes se abren en una grieta celeste.
El sol del atardecer ilumina
los espinillos húmedos.
Entramos a merendar.
Desde el ventanal veo cómo las piedras
se deshacen sobre el pasto del fondo
igual que un hechizo
que pierde su fuerza poco a poco.
Más tarde recorro la huerta
una batalla desigual atravesó el terreno.
La casa está intacta
refrescó y ya no llueve.



Silvia Sandín Rosón (CABA), El regreso, El ojo del mármol, 2016.








Duda

de dejar esta piedra en la orilla o llevarla conmigo.
Una lengua de luz la dora, otra hace brillar la mica.
El agua devora los contornos.

¿Puede la mano alzar de su cuna milenaria
un pequeño gajo desprendido del continente?

Duda de alterar el destino del mundo, el curso
universal de las cosas perfectas. Sin embargo
tanto la deseo: nuevas e invisibles membranas
nacen en el cuerpo.

El aura en ascuas inquieta todo.
Vocación de atesorar lo ajeno, de no permanecer
indiferente. Creer que por llevarla la poseo; no
conformarse, en fin, con el recuerdo.

Alicia Salinas, Gallina ciega, Ciudad Gótica, 2009.







Hadas

La piedra perforada por las aguas del río,
¿permite divisar algo más
que lenta erosión y ausencia paulatina
de bordes? Cernimos prímulas
–las primeras en florecer–,
porque harían visible lo invisible.
Luego encontré esa piedra
perforada
por las aguas de un río.

Alicia Silva Rey, tomado de Una de poetas.







Eso que ves ahí
ovalada, imperfecta
sucia
es la mancha
que fueron dejando
los días.
Sucede por acumulación:
cuando la materia
no encuentra lugar
se deposita sobre sí
capa sobre capa
se tapa
a sí misma
¿Se va tachando?
¿A fuerza de negación
se acrecienta
la oscuridad?
¿No nacieron así
la piedra y la montaña
por repetición
de lo mismo?
Y si la piedra
pesara demasiado
ya no podría
moverse.
Aplastaría las raíces.
Correrían riesgo
las flores.
¿Quedaría allí
algo más que el recuerdo
de lo que quiso crecer
sin saber
cómo?

Bárbara Alí, La mancha de los días, Qué diría Victor Hugo?, 2016. 







piedras del río azul

tomá
te traje estas piedras 
que recogí a orillas del río azul
algunas
estaban bajo el agua y brillaban más

toda piedra bajo el agua brilla más

ahora   sobre   esta   mesa   no   parecen   tan   bonitas 
es verdad
pero aún guardan la memoria del agua
el rumor del río arrastrando piedras en su lecho

el agua que ahora corre en ese río no es el agua
que mojaba las piedras de esta mesa

con estas piedras del azul 
te regalo la imagen de unas manos bajo el agua
mis dedos fríos desdibujándose en la corriente 
mientras la sombra de la montaña crecía sobre el río

los árboles gigantes 
el agua azul 
el hombre ese que juntaba piedras en la orilla

todo lo que ves caía adentro
del gran río de las sombras

(el viento soplaba su aria sobre 
los pinos más altos)

tomá
te traje estas piedras mojadas de agua y sombra

ya sé que ahora no brillan tanto 
tampoco la memoria es tan nítida

habrá detalles 
                       que se escapan 

                                                como el río


Jorge Spíndola, Perro lamiendo luna y otros poemas. Antología personal, Ediciones del Jinete Insomne, 2013.








domingo, 15 de octubre de 2017

LUCES



























No la nada

¿Será verdad que sólo

hay un vacío enorme tras las cosas
cuando vemos
subir la luz de un cielo como este
y abrirse el día así? ¿Será
verdad que atrás de estos colores
que el otoño dispersa, la belleza
y el dolor de los cuerpos
un santo ríe y nos espera
gozando de su engaño
con la furia inocente de lo altísimo?
¿Que hay consuelo después
como hay ahora
desconsuelo y salimos
despiertos de este sueño
y no al contrario?
Qué batalla la nuestra
si es tan dulce
a veces
cambiar esas miradas
con la luz
y si también la noche
se siente que cobija
a ratos
lo que nos duele atrás
de lo que somos.
Lo pienso ahora
que parece que te vas
y estás quedándote
al mismo tiempo en todo
lo que veo. Y no se pierde
tu forma, rasga un velo
me digo, que entorpece
mirar lo que está ahí,
lo que sentimos
amar, y cuesta irse
confiar en la ilusión
que, cuentan, es
lo misteriosamente
diferente
y no la nada.


Sonia Scarabelli, Flores que prefieren abrirse sobre aguas oscuras, Bajo la luna, 2008 (vía Bárbara Alí).









Resurrección

Esta luz, esta forma que no es mía
Tiene mi propia luz, mi propia huella,
En armonía extraña con la estrella,
Celeste flor lejana, ardiente y pía.

Y en el tono menor de la tristeza,
La hermana luz, la hermana forma canta,
Canta, anuncia, cual buena nueva santa,
Una resurrección de la belleza.



Jacobo Fijman, Poesía completa, Ediciones del Dock, 2014.









Luz de octubre

Bajé al pueblo y llamé a mi padre.
Lo felicité por sus setenta años recién cumplidos.
Se oía, de fondo, la voz de mis hermanas:

¿Es Mauro? preguntó la más pequeña.

Mi padre me pasó con ella.
Estaba emocionada y yo también, en este tiempo no había oído la voz de ningún afecto.
Me describió la escena y estuve devuelta ahí.

¿Y vos?

A través del vidrio de la telefónica veía un perro negro.
Le faltaba una pata y subía una loma muy despacio.

Yo veo un perro negro de tres patas, dije.
Mi pequeña hermana exageró su sorpresa.
Sí, de tres patas, por si no sabías, acá todos los perros tienen tres patas.

Rió. Eso tengo que verlo, dijo, y me pasó de vuelta con mi padre.

El viejo estaba bien, más allá de un dolor en su rodilla, conmovido,
me dijo, por un cuadro de Renoir que le hizo comprender algunas cosas.

¿Cuáles?

No recuerdo sus palabras pero habló de la luz, de la importancia de la luz sobre la sombra.

Lo importante es el color –creo que dijo en un momento–, lo demás no es importante.

Regresé a mi casa pensando en él.
El sol había ganado la mitad del cielo, no había nubes.
Las sombras de los árboles, ceñidas a los árboles.

Comprendí que las palabras de mi padre sobre la luz
–sobre la luz que se proyecta en el vacío–
se rebelarían en mí recién después de mucho tiempo.

Caminé por donde había caminado el perro, 
con mi sombrita pegada a los talones.


Fidel Maguna, El diario Rosales, inédito.










02:04:17

¿Vendrás para continuar la llamarada de mi mente?
¿Y si mi corazón está poblado de pájaros?
¿Decís?
¿Qué te devuelve la visión del día?
¿Y quién arde en la luz?
¿Vos? ¿Yo?
¿Y si te sueño
es porque somos la piedra solar
recordando
el diagrama de la sombra?
¿Y si el futuro tiembla
en el canto de los grillos
alrededor
de la oscuridad?
¿Cómo imaginás
que resuena
el final del relámpago?
¿Y si no existe el relámpago?
¿Y este resplandor?
¿Es real?

Marcelo Daniel Díaz, inédito.









El color de las luces

Tan fácil nombrar las cosas sin nombre,
¿pero qué palabra del aire o de la tierra
dar al cuenco de tus manos?

Pasa algo sin existencia en el lenguaje.
Lo verdadero se revela.
Me inclino.

Llovizna sobre las mieles
del verano. Y no aparece
esa palabra.

Para qué explicar
el color de las luces
si por fin relumbran.

Bajo su halo, en silencio,
esperaré
a que termine la lluvia.


Alicia Salinas, Tierra, Ediciones la mariposa y la iguana, 2017.