miércoles, 28 de diciembre de 2016

PIEDRAS





















La piedra del río

Donde el río se remansaba para los muchachos
se elevaba una piedra.
No le viste ninguna otra forma:
sólo era piedra grande y anodina.

Cuando salíamos del agua turbia
trepábamos en ella como lagartija. Sucedía entonces
algo extraño:
el barro seco en nuestra piel
acercaba todo nuestro cuerpo al paisaje:
el paisaje era de barro.

En ese momento
la piedra no era impermeable ni dura:
era el lomo de una gran madre
que acechaba camarones en el río. Ay, poeta,
otra vez la tentación
de una inútil metáfora. La piedra
era piedra
y así se bastaba. No era madre. Y sé que ahora
asume su responsabilidad: nos guarda
en su impenetrable intimidad.

Mi madre, en cambio, ha muerto
y está desatendida de nosotros.

José Watanabe, La piedra alada, Buenos Aires, Bajo la luna.






I

De endurecer la tierra
se encargaron las piedras:
pronto
tuvieron alas:
las piedras
que volaron:
las que sobrevivieron
subieron
el relámpago,
dieron un grito en la noche,
un signo de agua,
una espada violeta,
un meteoro.

El cielo
suculento
no sólo tuvo nubes,
no sólo espacio con olor a oxígeno,
sino una piedra terrestre
aquí y allá, brillando,
convertida en paloma,
convertida en campana,
en magnitud, en viento
penetrante:
en fosfórica flecha, en sal del cielo.

Pablo Neruda, Las piedras del cielo, Buenos Aires, Losada, 1970.






Las piedras

Esta mañana bajé 
a las piedras, ¡oh las piedras! 
Y motivé y troquelé 
un pugilato de piedras. 
Madre nuestra, si mis pasos 
en el mundo hacen dolor, 
es que son los fogonazos 
de un absurdo amanecer. 
Las piedras no ofenden; nada 
codician. Tan sólo piden 
amor a todos, y piden 
amor aun a la Nada. 
Y si algunas de ellas se 
van cabizbajas, o van 
avergonzadas, es que 
algo de humano harán... 
Mas, no falta quien a alguna 
por puro gusto golpee. 
Tal, blanca piedra es la luna 
que voló de un puntapié... 
Madre nuestra, esta mañana 
me he corrido con las hiedras, 
al ver la azul caravana 
de las piedras, 
de las piedras, 
de las piedras...

César Vallejo, 1918.





Piedra

Lo que dice la piedra
sólo la noche puede descifrarlo

Nos mira con su cuerpo todo de ojos
Con su inmovilidad nos desafía
Sabe implacablemente ser permanencia

Ella es el mundo que otros desgarramos

José Emilio Pacheco





En mitad del camino había una piedra...

En mitad del camino había una piedra
había una piedra en la mitad del camino
había una piedra
en la mitad del camino había una piedra.

Nunca olvidaré la ocasión
nunca tanto tiempo como mis ojos cansados permanezcan abiertos.

Nunca olvidaré que en la mitad del camino
había una piedra
había una piedra en la mitad del camino
en la mitad del camino había una piedra.

Carlos Drummond de Andrade, 1928, versión de Rafael Díaz Borbón. 






El cabalista andante descifra la piedra de la locura

A veces, incluso en medio de una mirada, tropiezo de
golpe con la palabra piedra y me desvío dos sílabas del
camino: la erre es pétrea, y si no fuese por la tibieza de
la mano que escribe suave musgo, oh, suave musgo
entre las gritas de la piedras, el desconcierto del
corazón sería suficiente como para perderme en la
locura: entonces me inclino y cierro los ojos y aun algo
de piedad siempre se encuentra entre las sílabas más
duras, y es más lapidaria la escondida mano que escribe
la palabra piedra que el que la arroja, especialmente si
lo hace al centro infinito del agua, para que las ondas se
extiendan y desborde de una vez por todas la fuente
de las lágrimas.

Alberto Szpunberg, La academia de Piatock, Alción, Córdoba, 2011.






La piedra

Yo soy el que arroja la piedra,
el que le da su ímpetu y dirección,
el que aporta el músculo y la libertad.

Ella es la que cruza el aire
y se clava lejos, donde no se oye
mi voz ni el eco de su partida.

De este lado sólo queda el peso
de una llama que abriga con leves
parpadeos. Del otro lado

está el misterio de la tierra nueva,
los círculos cada vez más anchos
de la nueva edificación.

Pero de eso nada sé: allá no pueden
mis ojos ni mi oído alcanza
a entender su voz. Sólo he visto

que la piedra partió; clavada está
en alguna parte, adonde no llega
mi voluntad, ni la imaginación. 

Rafael Felipe Oteriño, El invierno lúcido, El imaginero, Buenos Aires, 1987.






Tan huesolita que te ibas

tan envidiada de qué sombras la tierra ardía huesolita
la siesta ardía melodiosa tan como ibas tu sonrisa era
una piedra arrobadora y era otra piedra mi costilla
dulcequeamarga solasola cuajada de alta pedrería eran
tus voces tan palomas eran tus manos piedras finas
guitarra tan azuladiosa eras la piedra que acaricia pie-
dra te ibas quién te roba última brisa de la brisa o
flauta mía o leja y rota tan huesolita que te ibas tan
de la gracia mucha y poca si cuando vuelvas ves mis
días oh piedra llena llaga
hermosa!

Juan Carlos Bustriazo Ortiz, Elegías de la piedra que canta (1969), El suri porfiado, Buenos Aires, 2007.







Trasmutación

La piedra tiene memoria
de su estado anterior a roca.
El guano de los pájaros le recuerda
su esencia migratoria.
Muda busca,
honda que la remonte,
hombre que empuñe la honda,

dios, que trace el arco.

Gisela Galimi, Memoria de la piedra, Textos Intrusos, Buenos Aires, 2015.







Lo que las piedras dicen
  

Tanto a mi hijo como a mí
nos gustan mucho las piedras
también a mi padre
sospechamos que guardan algo 
en su memoria 
y que han visto lo posible 
desde la inmovilidad
y podrían contar 
atractivas aventuras
Nadie nos dijo que así fuera
es un augurio genético
y lo vamos transmitiendo
cópula mediante
de generación en generación
Cuando mi hermano 
venga a visitarnos
sé que saldrá a juntar piedras
y dirá ¿viste esta? ¿y esta?
y traerá las que supone 
fueron árboles o raíces
o querrá encontrar incrustado
el resto fósil de un pez 
o de un escarabajo 
y se las llevará a su casa
más allá del peso y del color
o de que antes hayan sido 
pez, vegetal o escarabajo
y por las noches
esperará en silencio
como los demás
que ellas le hablen.

Fernando Belottini, inédito.















6 comentarios:

  1. Piedras...buena selección, Valeria.
    La academia de Piatock es un librazo. Lo amo.

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    1. Sí, tenés razón. Gracias por pasar, Laura. Abrazo!

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  2. Ahhhh que panzada más sólida de poemas. Las piedras del Wata y del Bustriazo, fueron las que más me gustaron, sumado a uno de Viel, que es extraordinario y que no está en tu breve antología, por lo demás, irreprochable (salvo quizá por el Pablito, pero bueno, eso lo atribuyo a una alergia que viene de lejos). Gracias, Val.

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    1. Me imaginaba lo de Neruda, jaja. Qué bueno lo de las coincidencias. Gracias por pasar. Abrazo!

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  3. en mi taller trabajamos con el tema "piedra", y tomé como disparador el poema de Gisela. Gracias por este material, saludos

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    1. Qué bueno que hayas elegido ese poema. Gracias a vos por pasar. Abrazo.

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